Abstract
En Madrid-2, un centro comercial situado en el norte de la capital española e inaugurado en 1983, la materia no humana se convirtió en un instrumento más eficaz para la expansión del capital. A través de tres técnicas de diseño capaces de abordar las dimensiones comercial y natural de forma simultánea —el crecimiento descontrolado, la diversificación y la recreación—, el arquitecto José Ángel Rodrigo y el artista César Manrique utilizaron jazmín, cuarcita y unas huellas de trilobites de 475 millones de años de antigüedad para crear una arquitectura que naturalizara el consumo de masas globalizado entre los madrileños de la España posfranquista. A través de documentos arquitectónicos, registros de mantenimiento y hallazgos paleontológicos, este artículo sostiene que la vegetación, la geología y las huellas de invertebrados de Madrid-2 no eran decorativas, sino económicamente productivas en una arquitectura diseñada para fomentar la máxima proliferación comercial y orgánica posible.