Abstract
Los seres humanos no somos más que una minoría entre los ocupantes de las edificaciones y, a su vez, estamos ocupados por billones de microbios. Sin embargo, la arquitectura se ha concebido a sí misma como una defensa frente a otras formas de vida: separando a los seres humanos del suelo, reduciendo la biodiversidad y tratando las edificaciones como objetos estables y estériles. No obstante, ningún espacio está simplemente ocupado. Los espacios, los materiales y los cuerpos son producidos mediante intercambios continuos entre innumerables organismos. La arquitectura protege contra ciertas amenazas mientras cultiva otras, incluidas las enfermedades. Pensar en términos microbianos supone, por tanto, cuestionar el excepcionalismo humano y replantear la salud, la ocupación y el diseño. La arquitectura biótica no sería un nuevo estilo, sino un desplazamiento desde la exclusión hacia la hospitalidad, desde el monocultivo hacia la diversidad y desde la sostenibilidad centrada en el ser humano hacia una salud planetaria compartida.